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¿Arde París?

Artículo de opinión de Luis Andrés Cisneros

En octubre de 1966, se estrenaba la película ¿Arde París? (Paris, brûle-t-il?) con un reparto de auténtico lujo de figuras francesas y estadounidenses. La cinta supuso un éxito ya en el año de su estreno y se mantuvo varias semanas en cartel.

El film, está basado en el libro del mismo título de los escritores Larry Collins y Dominique Lapierre, de 1964. En aquellos años, los dos autores publicaron muchas novelas que tuvieron una gran acogida de público y alcanzaron cifras de ventas astronómicas. También la cantante francesa Mireille Mathieu, interpretó una canción con el mismo título.

El argumento del libro y de la película, narra lo hechos acaecidos en agosto de 1944 y, más concretamente las horas que precedieron a la liberación de Paris por parte de los Aliados. Hitler se resistía a perder París y había dado la orden de resistir hasta el último hombre.

Si no se podía aguantar en la capital francesa, el Führer dio el mandato al general Von Choltizt de destruir Paris, sobre todo, sus monumentos más importantes, mediante cargas explosivas. Afortunadamente, el militar alemán desobedeció la orden y la ciudad de la Luz pudo preservar su Historia y los iconos de su pasado. Por eso, Hitler, fuera de sí preguntaba a sus mandos: ¿Arde París?

Paradojas de la Historia. Mientras un teutón, enemigo de Francia en aquel momento, salvó a París de la quema, 79 años después, en este 2023, miles de franceses están quemando la ciudad del Sena. Porque, queramos o no, la gran mayoría de los salvajes terroristas que están robando, asaltando, destrozando y poniendo en peligro la vida de la gente son franceses.

Esta situación supone que aparezcan dos hechos incuestionables: lo perverso del multiculturalismo y la estupidez suicida del «buenismo». Tanto una cosa como la otra demuestran el fracaso irreparable de las políticas impulsadas por los oligarcas europeos en materia de inmigración.

Un amigo mío decía: “lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible” Y eso es lo que está ocurriendo en el país vecino desde hace décadas. Llevan millones y millones de francos y euros gastados en intentar integrar y agradar a los musulmanes que tienen en su territorio, con los resultados que estamos viendo. Miseria, destrucción y violencia.

El propio antiguo rey de Marruecos, en una entrevista en la televisión francesa, manifestó: «los magrebíes no pueden integrarse. Tratándose de otro continente no espere otra cosa que malos franceses. Serán malos franceses. Le desanimo con respecto a los míos. Porque nunca serán 100% franceses. Se lo puedo asegurar». Más claro, agua.

Queda bien claro que son ellos los que no quieren adaptarse a las normas del país en el que viven. Da igual que lleven tres, cuatro o cinco generaciones nacidas en Francia. Da igual que les subvencionen sin trabajar. Da igual que les den beneficios que no tienen los del propio país. Y da igual que la chispa sea la muerte de uno de los suyos o el cambio climático.

Más de seis millones de islamistas en el país de Víctor Hugo y que ha sido faro en la Europa de los tiempos están acabando con siglos de valores y destrozando los pilares sobre los que se construyó la civilización occidental. Y todo esto ocurre bajo la mirada cobarde y miserable de unos políticos cegados por la ambición y el dinero.

Mientras, no sólo París sino Francia entera, era pasto de las llamas y la barbarie, el presidente Macron, en un acto que define bien a las claras en manos de quiénes estamos, acudía con su mujer a un concierto de Elton John. Mandaba a las fuerzas de orden a jugarse la vida para defender sus ideas globalistas y que acabarán con Francia y después con el resto de Europa.

Si Carlos Martel, que detuvo la invasión musulmana en la batalla de Poitiers en el año 732, levantara la cabeza, podemos estar seguros de que sin ninguna duda, detendría al Presidente galo, y lo acusaría de alta traición y, como mal menor, lo encerraría en la torre de un castillo, tirando las llaves al Sena.

Esta invasión y destrucción de Occidente es una maniobra en toda regla, que no es casual ni fortuita. Los «buenistas» achacan toda la culpabilidad al «racismo», pero no se dejen engañar no es eso, es una guerra entre dos conceptos totalmente antagonistas. Recuerden las palabras de Hassan II “nunca se integrarán”.

Ya ha aparecido la primera víctima, un bombero de París, cuyo pecado era intentar cumplir con su deber, al igual que hacen los miles de policías y gendarmes que, a pesar de las trabas de sus políticos y con pocos medios y sin apoyos de las furcias mediáticas, se están jugando la vida.

Tantos años de «buenísmo» van a llevar a la cuna de la «Liberté, Egalité et Fraternité» a un agujero negro y a la desaparición de una cultura. Todo ello, bajo la mirada complaciente y cómplice de los «antifas» comandados por el socialista Melenchon que, como ejemplo claro de político modelo, espera sacar un rédito electoral.

Imagino que Gusana Griso, desde su ceguera intelectual, estará satisfecha, ya que, a lo mejor, esto le quita votos a Le Pen. Ya quisiera ella tener la cordura que demostró tener el general alemán Von Choltizt, que evitó que se destruyera una ciudad como París.

Este conato de guerra sin cuartel se está extendiendo a todas las ciudades de Francia y es previsible que, cual epidemia, se extienda a otros países de Europa. En ese sentido, en España tenemos todas las papeletas para ser los siguiente. Pero de eso hablaremos en el siguiente artículo.

Les dejo el enlace a un editorial de César Vidal, en al que trata con precisión este asunto:

¡¡VIVA ESPAÑA!!     ¡¡ARRIBA ESPAÑA!!

Luis Andrés Cisneros

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