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Nuevo gran éxito de «Amigos del Teatro»

El dramaturgo castellonense Antonio Arbeloa estrenó este pasado fin de semana su nueva comedia

El público, fiel a la compañía Amigos del Teatro, llenó la sala del Raval el sábado y el domingo.

¿Qué ocurre cuando toda tu herencia son cincuenta trastos polvorientos de la infancia a repartir con tu primo?

¿Y si no puedes salir del trastero hasta llegar a un acuerdo equitativo con tanta miseria reflejada en un inventario que parece imposible?

¿Y si esa infancia, el lugar al que no se debe volver porque solo hay fantasmas, guarda un secreto de amores contrariados?

Estos son los interrogantes que plantea la última producción de Amigos del Teatro de Castellón, en gira permanente por toda España con otras obras de su director, y con las que ha cosechado hasta sesenta Premios Nacionales de Concursos y Certámenes de Teatro Aficionado.

El trastero, sin embargo, es más que una comedia, roza el melodrama con el telón de fondo de la condición humana en su más mísera naturaleza. Es la codicia de los pobres la que emerge en momentos determinados con secuencias dramáticas y flashes de terror, encajando de forma natural entre las escenas cómicas.

Eso hace de «El Trastero» una obra de madurez en cuanto su escritura, al ser capaz de provocar el miedo y la inquietud en un público más acostumbrado a reír.

Arbeloa, con su texto, original en el planteamiento e inquietante en su puesta en escena, confunde por momentos al respetable que acaba no sabiendo si sonreír o apiadarse de los traumas de unos personajes interpretados por dos actores que ya empiezan a convertirse en dúo irremplazable y difícilmente disoluble: Vicente Rodrigo y el propio Arbeloa.

El Tratero es una vuelta de tuerca en la dramaturgia de su autor, una demostración de madurez contenida, un nuevo arranque tras la bifurcación de una trayectoria. ¿Pero hacia dónde?

Sin duda, lo más sensible de la obra es el espacio escénico, un tratero que no guarda unos objetos cualesquiera, son los juegos y lo enseres de un pasado no del todo feliz.

La tía Dolores ha muerto sin hijos, solo tiene tres sobrinos, tres primos hermanos cada uno de su padre y de su madre. La herencia completa ha ido a manos de Carmen, que ha cuidado a su tía hasta el final, Para ella, pues, la casa, los huertos y el dinero. Para Antonio y Vicente únicamente el legado maldito de ciertos utensilios rotos y apolillados, capaces sin embargo de levantar las ampollas del recuerdo y la nostalgia.

Aparentemente ninguno de ellos parece querer nada hasta que Antonio empieza a elegir. Es el momento en que la miseria humana enfrenta a unos personajes que Antonio Arbeloa y Vicente Rodrigo sostienen con su solvencia habitual.

Potentes los momentos dramáticos entre ellos, (a los cómicos ya nos tienen acostumbrados) y más conseguidos aún los recursos técnicos con los que solventan las escenas de terror, puntuales, sorpresivas y acordes con el tono de la obra, y en las que toma protagonismo Carmen Notari, consistente en unos segundos mudos de candelabro, personificando a la prima Carmen.

Al final el amor no correspondido aparece para cerrar un desenlace tan sencillo como inesperado, y dignificar en parte a dos hombres con vidas echadas a perder.

¿Qué les queda? ¿Luchar por salir de El Trastero o quedarse en él para siempre purgando sus miseria? ¿No será ese Trastero el mejor sitio donde puedan estar? ¿Y si en el desenlace de la obra ya es tarde para elegir? Hasta ahí nos arrastra Arbeloa en un final abierto, como si quisiera que fuera el público quien tenga que discernirlo todo. En medio un caballito balancín quemado, una amante tántrica, un futbolín, los cuadros del abuelo Evaristo, y hasta un dúo de Los Pecos para el recuerdo. Y el espectador preguntándose hasta dónde puede llegar la miseria humana.

El Trastero, absolutamente recomendable.

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