
A finales de la década de los 70 y principios de los 80, una patología, hasta entonces desconocida, empezó a ocupar las portadas de los periódicos y a significarse como de rabiosa actualidad. La principal razón estribaba en que se trataba de un grupo de enfermedades que emergían como novedosas.
Según definición de los científicos, se trataba de una situación en la que, «en un edificio determinado, más personas de lo normal manifestaban un conjunto de síntomas inespecíficos, pero bien definidos, que desaparecían al abandonar el edificio».
Entonces la OMS (Organización Mundial de la Salud) lo definió como un conjunto de enfermedades originadas por la contaminación del aire en lugares cerrados, pero que se agravaba por el estrés del trabajo, materiales sintéticos, electricidad, aire acondicionado, etc. En resumen, la razón de este radicaba en el mal estado del edificio.
Con el transcurso del tiempo y, sobre todo, al inicio del nuevo siglo dichas enfermedades se han visto agravadas y, lo que es más preocupante, se han visto constreñidas a unos edificios muy concretos en los que se aprecia un agravamiento preocupante en los que allí moran o se encuentran.
Dichas patologías, al parecer irreversibles, aparecen de forma virulenta en edificios tales como el Congreso de los Diputados, el Senado, la Moncloa, la Zarzuela los distintos ministerios, los sindicatos, los estamentos regionales, los medios de comunicación, los partidos políticos y en un sinfín de inmuebles «chiringuiteros».
Los que en esos habitáculos pasan gran parte de su tiempo, pierden el sentido común, la capacidad de razonar y son incapaces de distinguir entre el «bien» y el «mal». Es más, un síntoma diáfano que identifica a esos enfermos es que su habla está basada únicamente en la mentira.
Nos encontramos ante una auténtica «pandemia» que carece por completo de métodos paliativos, preventivos o curativos. La dificultad en su erradicación es que es sumamente contagioso y, para desgracia de muchos políticos, las mascarillas o bozales son ineficaces.
Uno de los primeros síntomas que demuestran que alguien está afectado por dicho síndrome es le eliminación de la educación, del bien hablar y una virulencia desmedida en cuanto abre la boca. Los gritos, los insultos, las descalificaciones y las amenazas se desatan sin freno de ningún tipo.
Otro aspecto fundamental es la capacidad que tiene el contagiado para decir algo que signifique lo contrario, unido a la facilidad para comentar cualquier cosa y, a continuación, decir lo contrario. ¿Puede ser debido a que tienen la cara más dura que el cemento armado?
El desprecio y el odio hacia la persona que no es de su opinión se manifiesta en todo momento y va siempre acompañado de miradas con los ojos inyectados en sangre. Ni siquiera los directores de cine expertos en películas de terror, han sido capaces de plasmar en las pantallas ese tipo de miradas.
¿El afectado por ese síndrome tiene intención de tratar de superar dicha patología? Pues todas las evidencias clínicas dan a entender que no. Se siente cómodo revolcándose en el barro y en la cochambre más putrefacta; ha hecho de ello su forma de vivir.
Para esos enfermos sólo importa el robo y el poder. Los españoles que les facilitan su cómoda vida les importamos un huevo. Es más, dentro de los objetivos de la Agenda 2030, su primera providencia es disminuir, de manera drástica la población mundial.
Tenemos claros ejemplos de ello, el aborto, la eutanasia, la ideología de género, el apoyo a todo lo contrario a la familia, el animalismo, va encaminado hacia la pervivencia de una mínima parte de los oligarcas que son los mayores depredadores que hay sobre la Tierra.
Puede haber dos soluciones. Una, o despertamos de una vez y nos rebelamos. Dos aprovechando la Ley de Restauración de la Naturaleza, suprimimos todos esos edificios y que sean invadidos por ríos o bosques.
¡¡VIVA ESPAÑA!! ¡¡ARRIBA ESPAÑA!!
Luis Andrés Cisneros
