España va bien, repiten nuestros políticos con tal naturalidad que llegan a creérselo. No me refiero a las circunstancias económicas que nos envuelven sino a las continuas noticias que recibimos de asesinatos, suicidios, acosos y violencia en general.
“La violencia es el último recurso del incompetente» es una cita del autor de ciencia ficción Isaac Asimov, quien la acuñó en su novela Fundación (1951). La cita sugiere que quienes recurren a la violencia lo hacen porque carecen de la inteligencia, la capacidad o la habilidad para resolver un conflicto de forma pacífica y racional.
El mundo no se ha vuelto loco, son las personas a quienes se les ha lavado el cerebro aquellas que generan enfrentamientos y violencia.
Los primeros son los políticos, viven del enfrentamiento, del “divide y vencerás” sin el más mínimo de los escrúpulos. Se pasan el día legislando auténticas estupideces y son incapaces de cambiar la legislación sobre violencia en la familia, en las calles, en las discotecas, en el deporte, en los colegios, en la universidad y más incapaces aún de solucionar la amenaza constante que sufre la propiedad privada, claro que a ellos ni les okupan, atracan y agreden, ellos tienen su persona y sus propiedades blindadas con vigilancia y escolta que pagamos los atracados, agredidos, robados y okupados.
Hemos dejado hasta de salir por la noche. Primero intentaron arrancarnos del ocio nocturno convirtiéndonos en europeos, con horarios poco habituales para nuestras costumbres y precios desorbitados por los impuestos insoportables a los que someten a la hostelería y el ocio en general. Más tarde, y de manera ilegal, nos recluyeron en nuestras casas con la disculpa de la Covid, enfermedad de la que aún no nos han aclarado procedencia y de la que nada o poco saben los médicos, mucho menos los politiquillos que se encargaron de combatirla aunque muchos sacaron buen rédito de ella junto con la industria farmacéutica.
Más recientemente han dedicado sus esfuerzos a excarcelar violadores y a abrir nuestras fronteras a todos aquellos que sueltan de las cárceles de algún país cercano del norte de África, o a todos los mercenarios entrenados en la muerte de los Balcanes y de otros conflictos armados que han dejado de recibir financiación, o simplemente acogiendo toda la “morralla” del Sahel, refugio de lo peor de la raza humana, poniendo la absurda multiculturalidad como disculpa y confundiendo el tocino con la velocidad al equiparar caridad con mezcla de culturas, incluidas aquellas que pregonan la muerte de todos aquellos que no piensan como ellos llamándoles herejes para tener disculpa para quitarles la vida y ganar el paraíso.
Nuestros políticos, dentro de este ambiente, se encuentran en su salsa mientras nosotros recogemos cadáveres, convierten a nuestros hijos en tarados y discutimos por la diferencia entre violencia machista y violencia de género, ellos, los políticos, viven en paz sin que nadie les señale con el dedo como los auténticos culpables de toda la mierda que padecemos y seguros de que acudiremos como borreguitos a las urnas cada vez que nos llamen.
No quiero que me acusen de delito de odio, después de lo escrito comprenderán que detesto la violencia venga de quien venga pero no me resisto a contarles una anécdota que me pasó hace pocos días. Un amigo me paró en la calle y me dijo: “La agresión (fue aún más lejos) a los políticos tenía que estar despenalizada, es un acto de legítima defensa”.
Reiterando mi oposición a cualquier violencia, no pude reprimir una carcajada, la frase de mi amigo, sacada de contexto y alejando malas interpretaciones, resume el pensamiento de muchos españoles.
Otra vez me permito la osadía de aconsejarles que abran los ojos y que retiren todas las cortinas de humo que a diario les lanzan para ocultar la cruda realidad de este país instalado en el “estado de bienestar”, me refiero al de los políticos.
