El Adviento nos invita a detener el paso para prepararnos a acoger el misterio de la Navidad: Dios se hace Niño, el Amor se hace carne. La Navidad nos llama a mirar el pesebre y dejarnos interpelar por su silencio, su pobreza y su luz. El pesebre no es un adorno más ni un simple símbolo: es evangelio vivo, que surge de la Sagrada Escritura; es la cuna donde el amor y la ternura de Dios toca nuestra historia. Su contemplación nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad del Hijo de Dios que se ha hecho hombre para encontrar, sanar, amar y salvar a cada hombre y mujer. Con este espíritu os invito a todos a construir juntos el pesebre de Navidad.
Este pesebre es escuela de humildad. Dios eligió el lugar más humilde para nacer. Ahí aprendemos que la humildad no es debilidad, sino fuerza capaz de transformar el corazón. Construir juntos el pesebre de Navidad significa recuperar lo esencial, liberarnos de lo innecesario y abrir un espacio donde Cristo pueda nacer en nosotros y entre nosotros. En el pesebre de Belén, todos encuentran un lugar, todos son acogidos: pastores y sabios, pobres y ricos, cercanos y lejanos. También hoy, nuestras comunidades eclesiales están llamadas a ser hogares donde nadie quede fuera, hogares que reciban a quienes buscan un rayo de luz en medio de la oscuridad.
El pesebre es lugar del encuentro personal con Cristo. No podemos ofrecer amor si no lo recibimos antes de Dios. Construir el pesebre de Navidad significa dejar amarnos por el Niño-Dios y que su Palabra ilumine nuestra vida; significa reconciliarnos con quienes hemos herido y redescubrir el sacramento de la Reconciliación como el abrazo de Dios que perdona y renueva. Solo un corazón que se deja transformar por el amor de Dios en el Niño que nace en Belén puede ofrecer un amor auténtico y fecundo.
El pesebre es una llamada a la caridad. Navidad despierta gestos de cercanía y de solidaridad. Pero la caridad cristiana está llamada a ir más allá de las ayudas puntuales. Las campañas navideñas han de ser expresión de una caridad que brota de la fe: una caridad que mira al otro como hermano porque reconoce en cada persona al mismo Jesús. Nos llaman a estar cerca de las familias que viven situaciones de precariedad, a acompañar a quienes sufren soledad, enfermedad o abandono, a no olvidar a los encarcelados, a acoger e integrar a los migrantes, a promover la dignidad de toda persona, desde su concepción hasta su muerte natural y a tender la mano a quienes atraviesan dificultad. Cada gesto, por pequeño que parezca, coloca una pieza más en el pesebre de la Navidad que estamos llamados a construir juntos.
XCasimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón
