Terminamos un año largo, tedioso y dominado por toda clase de ajetreos políticos, corruptelas, mentiras, medias verdades y traiciones.
Todo ello aderezado por el peor de los adornos, la falta de honradez, profesionalidad y dedicación de todos nuestros políticos a lo que hay que añadir su absoluta falta de vocación de servicio. Todo ello nos lleva a tener la sensación de que todos gobiernan y utilizan sus cargos para ellos, para los intereses personales y partidistas sin tener la más mínima intención de servir a los ciudadanos.
Esta reflexión me sirve para rendir homenaje a mi gran amigo Agapito, maestro de ciencia humana adquirida por la experiencia.
Dejó este mundo, y creo que en su caso sí podemos afirmar aquello de “y descansó”.
No pudo estudiar, se crió en la postguerra en una humilde familia por lo que fue el trabajo lo que mejor conoció casi desde que era niño. A pesar de las carencias siempre defendía a la familia y su madre, para él, era la persona más admirada.
A pesar de la diferencia de edad, Agapito era bastante más mayor que quien esto escribe, pasamos miles de horas juntos. En el campo y monte en busca de setas y hongos, en su huerta, esa con la que le tomaba el pelo al afirmar que teníamos una huerta a medias, “tú la labras y yo me la como”, dada su inmensa generosidad, o simplemente recorriendo las calles y los bares del barrio en animada conversación entre “chato y chato” de vino.
Afirmaban, quienes no le conocían bien, que tenía mal carácter. Nada más lejos de la realidad aunque le perdía su incapacidad para la hipocresía, si alguien no le caía bien simplemente se lo decía.
Esos mismos se asombraban de que a mí me consentía todo, sin caer en la cuenta de que lo hacía porque me quería, yo era, sobre todas las cosas, su amigo.
¿Por qué les cuento todo esto?
Por las lecciones de vida que me dio a pesar de que siempre se autoproclamaba analfabeto.
Sensible con los problemas de los demás, preocupado siempre por la situación en que vivían sus sobrinos, su hija, sus amigos, no acostumbraba a hacer juicios de valor sin tener conocimiento profundo de lo que hablaba.
Una de sus mayores lecciones me la dio en una fría mañana mientras caminábamos por el Páramo de Masa. Me preguntó, raro en él porque nunca hablábamos de política, por la situación de España.
Le relaté, en mi humilde opinión, como veía yo la situación de España. Su comentario tras mi exposición no podré olvidarlo jamás: “No sabes lo agradecido que estoy de ser analfabeto”. ¿Por qué dices eso?, le contesté. Su respuesta fue contundente cerrando el círculo del cambio de impresiones: “Porque si yo supiera lo que sabes tú, no podría vivir”.
Ese era mi amigo Agapito, sensible a los problemas que estaban arruinando nuestra sociedad e infinitamente contrariado con la desaparición de la amistad, el compañerismo, la caridad, el saber estar y la educación en general. Esa educación para la que no es necesario haber pasado por la Universidad.
Me acuerdo de él casi cada día pero cuando llegan estas fechas su recuerdo adquiere un sentimiento especial. No tengo duda de que el mundo sería mucho mejor si hubiera millones de “Agapitos”. No era religioso pero su humanidad era el fiel reflejo del espíritu de la Navidad.
Gracias Agapito, allí donde estés, por permitirme ser tu amigo y te deseo ¡¡Feliz Navidad!!
