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Renacer en el bautismo

Carta, para este domingo, del obispo D.Casimiro

Este domingo, la Iglesia celebra la fiesta del bautismo de Jesús. En el río Jordán, Jesús, se hace solidario con los hombres y recibe el bautismo de penitencia de manos de Juan Bautista. Y al salir Jesús del agua “vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco»” (Mt 3,16-17). Dios muestra así quién es Jesús, su identidad; Jesús es su Hijo amado, en el que habita el Espíritu Santo.

           Estas palabras iluminan el bautismo cristiano: en él, la persona recibe una nueva identidad. El bautismo no es una mera tradición, un rito externo o una celebración familiar. En el bautismo, la persona nace de nuevo, renace a la vida de Dios y recibe una nueva vida que no se agota en lo biológico. Es lo que Jesús dice a Nicodemo: “el que no nazca de nuevo” y “el que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3, 3.5). Esta expresión no es una metáfora piadosa, sino una realidad espiritual. Renacer del agua y del Espíritu implica una ruptura, un comienzo nuevo y una transformación continua. Una ruptura, porque se muere al pecado y al egoísmo que nos encierra en nosotros mismos; un comienzo nuevo, porque recibimos la vida misma de Dios, que nos capacita para amar como Él ama; y una transformación continua porque el bautismo no es algo puntual, sino una fuente que estamos llamados a dejar fluir a lo largo de toda la vida.

           Ante la confusión actual sobre la identidad personal, el bautismo ofrece la certeza firme de que los bautizados somos en verdad hijos e hijas amados de Dios, miembros vivos del Cuerpo de Cristo, templos del Espíritu Santo y miembros de la familia de Dios, la Iglesia.

           El bautismo transforma toda la persona. Allí donde el mundo propone éxito sin verdad, poder sin servicio o libertad sin responsabilidad, el bautizado está llamado a vivir según el Espíritu, incluso cuando eso implique ir contracorriente. Vivir según el Espíritu, significa permitir que el Espíritu Santo guíe los deseos, pensamientos, palabras y acciones, buscando el Reino de Dios. 

El bautismo envía a ser testigos de Cristo. No con grandes discursos, sino con una vida coherente con la fe, marcada por la esperanza, la misericordia, el amor y la verdad. En un mundo herido por la violencia, la desigualdad y la soledad, el bautizado ha de ser signo de reconciliación, del cuidado del más débil y de confianza en Dios. No sólo en el ámbito privado de la persona, sino también en el ámbito social, dejando que el Evangelio ilumine las decisiones cotidianas.

X Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

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