Al inicio de la cuaresma, el miércoles de ceniza, la Iglesia nos llama a la conversión, a volver nuestra mente y nuestro corazón a Dios para orientar hacia el bien nuestras acciones, pensamientos y deseos. Muchos preguntan si es posible este cambio del corazón. Porque por experiencia sabemos que, a pesar de nuestros propósitos, volvemos a los mismos errores y a las mismas caídas. Surge entonces la tentación del desaliento; pensamos que el cambio no es posible, que la conversión es un ideal hermoso, pero inalcanzable.
Sin embargo, el Evangelio proclama que “para Dios nada hay imposible” (Lc 1,37). Dios puede y quiere darnos un corazón nuevo. Como dice el profeta Ezequiel: “Os daré un corazón nuevo, os infundiré un espíritu nuevo” (Ez 36,26). La cuaresma es precisamente el tiempo favorable para dejarnos alcanzar por esta promesa. No se trata sólo de un esfuerzo moral nuestro, sino, ante todo, de una obra de Dios en nosotros, a la que estamos invitados a abrirnos con humildad y confianza. Convertirse es, antes de nada, abrir nuestro corazón a Dios, dejarse tocar por su amor para poder amar como Él: para sentir como Cristo siente y para amar con un amor que no se encierra en sí mismo. Esta es la obra que el Espíritu Santo quiere realizar en nosotros. La cuaresma es un tiempo privilegiado para acoger esta acción de Dios, mirándonos con sinceridad y sin justificaciones y dejándonos sanar y perdonar por Dios.
La cuaresma nos lleva simbólicamente al desierto. El desierto es el lugar del silencio, de la prueba, de la lucha interior, pero también el lugar del encuentro con Dios. Allí se revelan nuestras dependencias, nuestras falsas seguridades, aquello a lo que nos aferramos para no confiar plenamente en el Señor. En un mundo marcado por el ruido, la prisa y la dispersión, la cuaresma nos invita a detenernos, a crear espacios de silencio y de escucha de Dios. Solo en este clima puede surgir una conversión auténtica.
La Iglesia nos propone tres caminos concretos para vivir la cuaresma: la oración, el ayuno y la caridad. La oración nos lleva a una relación viva con Dios, con un corazón dispuesto a dejarse interpelar por su Palabra. El ayuno nos educa en la libertad; nos ayuda a reconocer que no vivimos solo de lo material y que muchas veces estamos dominados por hábitos o deseos que no nos hacen verdaderamente libres. La caridad, finalmente, es el fruto visible de la conversión; un corazón que cambia es un corazón que se abre; la cuaresma nos llama a mirar con atención a los pobres, a los enfermos, a los que sufren soledad o a los que viven situaciones de exclusión. No hay verdadera conversión sin un compromiso concreto con el prójimo.
✠Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón
