Hoy deseo dirigir una palabra agradecida a tantas mujeres, que, muchas veces en silencio, sostienen la vida cotidiana de nuestras comunidades parroquiales.
Cada mañana, en algún rincón de nuestra diócesis, una mujer abre la iglesia, ora ante el Santísimo, ordena el altar o coloca flores ante el sagrario. Tal vez nadie la vea. Pero estos gestos sencillos expresan una gran verdad: la Iglesia se sostiene, en gran parte, por la fe concreta, perseverante y servicial de muchas mujeres. Su presencia edifica la comunidad. Basta mirar con atención nuestras parroquias para descubrirlo. En la catequesis, en la animación litúrgica, en la visita a los enfermos, en la limpieza del templo, en la acogida, en la formación, en la misión, en el acompañamiento espiritual…allí están ellas. En Cáritas, la mayoría son mujeres quienes acogen, escuchan, acompañan procesos, sostienen lágrimas y también esperanzas. En la vida ordinaria de la parroquia realizan innumerables tareas que no figuran en organigramas, pero sin las cuales la comunidad simplemente no funcionaría.
No ignoro que muchas mujeres experimentan también límites, tensiones y heridas dentro de la vida eclesial. Algunas sienten que su voz no siempre es escuchada con la atención que merece; otras perciben que su responsabilidad pastoral no se ve reflejada en espacios de discernimiento y decisión. Como Iglesia, estamos llamados a escuchar sin miedo y sin prejuicios. La corresponsabilidad bautismal en una Iglesia sinodal nos recuerda que la vida y la misión de Iglesia no es propiedad de unos pocos, sino una tarea compartida por todos los bautizados. Recordemos que el Señor resucitado confió el primer anuncio pascual a mujeres fieles que permanecieron junto a la cruz cuando otros habían huido. Esa memoria evangélica nos interpela.
A pesar de las dificultades, estas mujeres permanecen fieles por amor a Cristo, a su Iglesia y a su comunidad parroquial. En la comunidad parroquial han encontrado su familia y saben que la Iglesia, aun necesitada de purificación constante, es casa y escuela de comunión. Su perseverancia no es resignación, sino esperanza activa. Es la esperanza de quien sabe que el Espíritu Santo sigue obrando en la historia y que cada gesto humilde participa en la construcción del Reino.
Como obispo deseo expresar mi gratitud a tantas y tantas mujeres por su entrega y fidelidad. Esta gratitud debe traducirse en el compromiso por promover espacios reales de escucha y discernimiento, por fomentar una formación teológica y pastoral accesible y por potenciar su corresponsabilidad en los ámbitos donde la Sagrada Escritura en la Tradición viva de la Iglesia lo permitan.
✠Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón
