Una tradición que año tras año congrega a centenares de personas a lo largo de todo el día y que pasa de generación en generación. Esta fiesta arraigada en la identidad del pueblo empezó el sábado bien por la mañana con un almuerzo popular para coger fuerzas y preparar todas las hogueras que por la tarde serían quemadas.
Y así fue. A las hogueras se les prendió fuego por la tarde, uno de los momentos más álgidos del día. Antes, niños y niñas protagonizaron la típica esquellada del día. Con el encendido de las hogueras se leyó la publicata y se representó la Diablera, donde tambores y fuegos artificiales estuvieron presentes en un pasacalle que atravesó el pueblo pasando por las hogueras.
Este momento intenso continuó con los actos tradicionales en honor al Santo como la bendición de los animales, la procesión por las calles habituales y el reparto de coquetas. El dulce típico de Sant Antoni se coció días antes con la ayuda del vecindario y del alumnado del aulario de Tírig, que descubrieron de cerca las costumbres del pueblo.
Ya por la noche, después de la cena popular en el pabellón con venta de rifa incluida, se celebró el gran baile para jóvenes y mayores que puso el broche de oro a uno de los días más especiales y celebrados en el calendario festivo de Tírig.
