Entre las muchas cosas a las que está obligada la oposición, aunque solo sea por justificar los sueldos, está la de llevar la contraria a todo lo que hace el gobierno.
No debiera ser así, porque lo que es bueno para el pueblo es bueno para todos, pero desventuradamente se ha impuesto esa forma de hacer política, quizá porque, también es cierto, las mentes de nuestra ralea política no dan para mucho más, moviéndose, con demasiada asiduidad, entre la ignorancia unos y la cobardía otros.
Pero una cosa es no dar de sí, acomodarse a las formas de moda, no tomar el más mínimo riesgo, priorizar el voto sobre la eficacia y cumplir con el mandato del partido de turno y otra, muy distinta, dejarse llevar de intrigas minoritarias preparadas bajo el falso manto de la protección de los trabajadores y el sindicalismo mal entendido.
La supervivencia de ciertos sectores sindicales de nuestro funcionariado pasa por la agitación y la mentira. Eso es ya habitual, lo es menos el trabajar en busca de confundir a los supuestamente compañeros y hacerles firmar ciertos comunicados que para nada se corresponden con la realidad, con el agravante de la oscura intencionalidad de enfrentar a sus colegas con aquellos que les concedieron el estatus de funcionario.
No entraré en más detalles por no perjudicar a personas que bastante tienen con aguantar la tramoya mediática, sindical y disciplinaria estudiada para su acoso personal y profesional.
Sí termino permitiéndome el lujo de aconsejar a algunos de los grupos políticos de nuestro ayuntamiento de que no se crean todo lo que les cuentan, al menos aquello que viene, como he dicho, de un mal entendido sindicalismo del que no quiero desvelar su intención, sería la verdad pero difícil de demostrar.