En unos días, una sesentena de matrimonios celebrará sus bodas de oro en la Concatedral de Santa María en Castellón. Otros muchos lo harán en sus parroquias a lo largo del año. Desde aquí les expreso a todos mi más cordial enhorabuena. Cincuenta años no son solamente una cifra; son muestra viva de un compromiso que ha resistido el paso del tiempo y las múltiples pruebas de la vida. Son el testimonio concreto de una historia tejida día a día con amor, que ha sabido mantenerse firme, crecer y renovarse en medio de las alegrías y las dificultades.
Nuestros jubilares son motivo de alegría y de acción de gracias. Damos gracias a Dios porque su gracia ha sostenido su amor conyugal incluso cuando las fuerzas humanas parecían fallar. Su fidelidad no es solo fruto de su esfuerzo personal, sino respuesta generosa a la fidelidad inquebrantable del amor de Dios para con ellos. Celebrar las bodas de oro es, ante todo, reconocer con humildad y gratitud que el Señor ha estado presente en su historia. Él ha sido la roca en los momentos de dificultad, la luz en los momentos de incertidumbre y la fuente de alegría en los momentos de felicidad. La Iglesia entera da gracias a Dios con todos ellos y por ellos.
En un mundo marcado por rupturas matrimoniales, su testimonio adquiere una fuerza particular. Sus bodas de oro proclaman de modo claro que el compromiso para toda la vida no es una utopía y que la alianza matrimonial, vivida desde la fe y abierta a la gracia de Dios, es fuente de fidelidad duradera y de alegría. Su fidelidad a la gracia recibida en el sacramento del matrimonio es un ejemplo para nuestro tiempo. Nos muestran que amar no es un sentimiento pasajero, sino una decisión renovada cada día. Nos muestran así mismo que el respeto mutuo fortalece la convivencia, que el perdón sincero sana las heridas y que la entrega generosa construye la comunión.
¡Cuántas veces habrán tenido que pedirse perdón y perdonar! Porque amar es también atravesar las crisis, sabiendo que cada dificultad puede convertirse en una oportunidad de crecimiento. Ningún matrimonio está exento de heridas, de palabras hirientes en momentos de enfado o de silencios dolorosos. Sin embargo, lo importante es saber disculpar y perdonar. El perdón no es signo de debilidad, sino de humildad y fortaleza. Perdonar no es solo olvidar, sino tomar la decisión de amarse de nuevo. Cada gesto de reconciliación es una victoria del amor sobre el egoísmo.
Finalmente, darse las gracias el uno al otro, por la vida compartida, por los hijos, por los detalles sencillos y cotidianos, es una forma de reconocer la acción de Dios en la propia historia. El agradecimiento ensancha el corazón y renueva la alegría de amar.
XCasimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón